lunes, 10 de mayo de 2010

Del barroco al Siglo XX

Hoy sólo pienso en encontrar el tono preciso para latir.

Y en la penumbra de un teatro frente a tres decenas de músicos, este día recordé el disfrute de tatuar en el tiempo y la memoria el gozo de aquellos instantes donde la vida permite respirar y suspirar… sólo sentir. Una orquesta, tres maestros, en la penumbra la expectación, el gozo adelantado de un público amante de la música.

Un par de flautas iniciaron el recorrido. En el escenario una luz cálida que iluminaba los rostros e instrumentos de los músicos, frente a ese brillo y armonía me propuse capturar algunos instantes. La pila de la Nikon no apareció en las primeras búsquedas, así que opté algunos minutos por concentrarme en disfrutar, pero conforme aumentaba el gozo de atestiguar la presentación, volvía el impulso por registrar los rostros de los jóvenes ejecutantes, la atmósfera, el estado en vilo en que estábamos tanto el público como los músicos.

Al mismo tiempo que buscaba a ciegas el complemento de la cámara, presenciaba el danzar de lo inasible: la mano sudorosa de un joven violinista frente al público antes de iniciar su intervención, minutos después el delgado suspiro de su instrumento, las miradas cómplices y nerviosas entre los ejecutantes, un par de jóvenes asomándose tras la cortina aledaña a los músicos…

Mi parpadeo quería capturar el momento en que Ernesto Rosas mostraba esa dicha suya, su fluir en la música; he de decir que el performance que logra en el escenario ha sido para mi uno de los regalos de vivir en este puerto. De tal manera que frente al impulsor de Ensenada Jazz y director de la orquesta mi ojo insistía en registrar cada detalle, la comunión que la música posibilita.

Cuando la música se intensificaba y galopaba hacia un cielo desconocido, mi corazón empezaba a correr y pensaba “dedicarse a la música, qué gran regalo…”, frente a ese anhelo recordé la charla con un estudiante de música en un encuentro de percusiones hace más de una década. Yo comentaba que al parecer era la única persona que estaba en ese encuentro sin ser músico, a lo cual respondió “Los músicos necesitamos de gente que ame la música, aunque no se dedique a ella…” El boletín de la escuela de música de la UNAM en aquellos años –hecho por y para estudiantes- rezaba “el que sólo sabe de música, ni de música sabe” sus páginas estaban pobladas de poesía, noticias, reflexiones.

En medio de esas cavilaciones, la interpretación de las virtuosas manos del pianista Santo Cota me transportaron nuevamente al teatro que celebraba 20 años de la Orquesta del Centro de Estudios Musicales (OCEM) de la Escuela de Artes.

En el transcurrir de ese silencio interrumpido mágicamente por oboes, flautas, percusiones, cuerdas..., de imágenes veloces desapareciendo al vuelo, recordé los años en que fotografiaba religiosamente cada encuentro de danza contemporánea en el desierto cachanilla.

En los lejanos 90’, desde las primeras filas no perdonaba ningún festival, y con la cámara que me regaló el entrañable Rubén Díaz, amigo y maestro del arte de pintar con luz, perseguía desde las primeras filas ese momento en que se conjugan los contrastes, las texturas, la tensión perfecta entre la gravedad y el movimiento del bailarín en el aire, hasta que un día decidí dejar de invocar la foto perfecta. Quería atestiguar el todo, no sólo un fragmento, con la convicción de que la danza es hermosa en si misma, que la foto no podía ni requería emular esa belleza.

Con el tiempo he visto un sinnúmero de luminosas imágenes de artistas de la lente capturando instantes únicos de la danza, del teatro y otras bellas artes; agradezco que hayan estado ahí, que su mirada presenciara el espectáculo a través del lente para que otros pudiéramos quizá apreciar esa belleza en otro tiempo y espacio.

Pero hoy, sólo por hoy, escuché con todos los sentidos, me entregué al sonido en medio de la oscuridad, sin guardar rastro visual de aquel hermoso encuentro entre el barroco y nuestros cautivos oídos.